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Una pieza menuda

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Hace una semana tuve un sueño medio espantoso con un pollo. Era un pollito en realidad, una pieza menuda. Acababa de sacarlo del horno y estaba evaluando si ya estaba bien cocido. La piel no estaba dorada, ni crocante, pero la carne parecía estar bien. Lo saqué de la fuente, lo puse en un plato y me lo llevé a la mesa. M. también estaba ahí, no sé si comiendo o qué. Miré otra vez al pollo, era curioso. Tenía una cabeza que no era de pollo. La forma del cráneo y de la cara parecían las de un hámster. Mantenía los ojos cerrados y las patas laxas, apenas flexionadas hacia arriba. Decidí sobre la marcha hacerlo en bocadillo. Comencé a sacarle la piel. Como no estaba muy cocida me costaba separarla de la carne, pero la arranqué completa. Puse al pollito sobre una rebanada de pan de molde y ahí noté que movía apenas una patita. Me quedé duro. El depredador, ese era yo. Pero soy un bicho de ciudad: no estamos acostumbrados a matar nada. Lo queremos todo faenado, limpito y listo para cocer. Pensé en lo que había pasado el pollo. Había sobrevivido a una matanza masiva, al envasado al vacío y al horno de mi casa. El pollito era una criatura que pese a todo pugnaba por vivir, a la que yo acababa de arrancarle la piel. Le toqué el pecho con cuidado y entonces vi que fruncía apenas el entrecejo y otra vez respondía con una tímida reacción de su patita. Me levanté irritado dispuesto a salir a la calle, pero rápido me di cuenta que no podía salir rajando y dejarla a M. con el pollo en ese estado. No podía por M. y por el pollo, así que me quedé en el comedor. Me levanté de la cama con el pollo atravesado en la memoria. Eran las cinco de la mañana. Me puse a pensar en el sentido de todo esto. Hace un mes publicamos una novela en donde nadie puede morir. Ni la gente ni los pollos. ¿Ustedes están todos bien?