¡Eh, tú!
Que comienza la segunda temporada de los cabarets literarios del Colectivo Gilles de Rai.
Teniendo cada día más claro que la solemnidad solo amansa a las fieras, esta generación Beat sin carnet de conducir vuelve con ganas, con fuerza y algún que otro bronceado mal puesto.
Te esperamos el jueves 17 de octubre en RAI-Art, la casa que nos vio nacer, que nos ve crecer y que te invita a reencontrarnos de nuevo.
En breve desvelaremos el cartel con los escritores invitados. Mientras, puedes ir desempolvando tus textos y afilando tu ánimo para subir a leer en la jam literaria de después.
¿Que te lo recuerde? Venga.
Cuándo: jueves 17 de octubre a las 21:00.
Dónde: RAI-Art (C/ Carders, 12, principal). Metro Jaume I.
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VUELVEN LOS CABARETS LITERARIOS DE GILLES DE RAI
Leyendo en HABRASE VISTO
Les dejo un fragmento de la lectura que hice en el cabaret literario HABRASE VISTO, organizado por el colectivo Gilles de Rai.
Abrazos y aceitunas para todos
"Habrase Visto" en el Rai Art
Hola amigos!
Este jueves 21 de MARZO a las 21 hs. el colectivo GILLES DE RAI presenta el 5to CABARET LITERARIO bautizado como HABRASE VISTO en el espai RAI ART (C/Carders 12). La entrada es gratuita. Habrá comida, birriñas, velitas encendidas, poemas y quién sabe qué más. Nosotros también andaremos por allí leyendo algunas cosillas de la novela. Nos vemos!
Invitacion HABRASE VISTO from GILLES DE RAI on Vimeo.
La vida ausente / Ángel Zapata
Editorial Páginas de Espuma
104 pag.
Cómo llega: No hubo ninguna recomendación. Había leído otro título suyo, “La práctica del relato”, un libro tallerístico, atinado y agradable de leer. Bastante tiempo después me crucé con una entrevista suya en donde se reconocía como un surrealista militante y utilizaba no pocas veces la lente del marxismo para pensar la literatura en España. Una cosa rara por entonces. La entrevista era del 2006, el año en el que se editó “La vida ausente”; todavía no había explotado la burbuja inmobiliaria. Ángel Zapata rescataba la literatura de Aldo Pellegrini, otro militante del surrealismo, y decía cosas como éstas: “Le concedo valor no exactamente a la tradición literaria, sino a algunas tradiciones del pensamiento, la sensibilidad y la práctica emancipadoras que históricamente se expresaron como “literatura”… Y también —desde luego— a algunas otras tradiciones en la misma línea, que se expresaron por vías diferentes. En esta dirección, no deja de ser significativo el borrado y hasta la forclusión de numerosos legados por parte del capitalismo, como es el caso de la tradición de la lucha obrera en nuestro país, a lo largo de los siglos XIX y XX. Esta es una herencia hermosísima que ha desaparecido de nuestro imaginario.”
Para Zapata la literatura es esencialmente colectiva y lo “sobresaliente” en este campo no escapa a esta condición. “Toda esa cháchara sobre la excelencia y el genio –dice- no es en último análisis más que un intento por trasponer al plano del espíritu —por legitimar también ahí— la realidad indecente de unos privilegios de clase. Y lo peor es que es falsa de arriba a abajo. En cada época, de hecho, “lo sobresaliente” sólo es percibido sobre el fondo de otras muchas obras más “discretas” que lo prefiguraban, lo anunciaban, o se diferenciaban radicalmente de ello. En su constitución misma, pues, la figura de lo sobresaliente depende de este fondo para ser percibido y para existir. Y a la inversa: en todo este fondo de obras más “discretas” siempre hallamos momentos francamente sobresalientes… O incluso rasgos que el ideal de excelencia dominante ha opacado, y que otras épocas harán “sobresalir”.
De qué va: Es sobre todo un libro de cuentos, aunque varias de las once piezas que lo componen no sean cuentos propiamente, sino textos fronterizos, situados entre lo poético y lo narrativo. El relato que lo abre es justamente el que le da el título al libro y merece ser subrayado. A partir de lo que podría ser la topografía de la habitación de un adolescente, a fines de los setenta, Zapata logra una condensación de la experiencia colectiva de la clase obrera española. Para muestra un botón: “Aquel cuarto (…) había sido unos años atrás una claudicación de la familia, pues en él había estado, al principio, aquella institución posibilista y espontánea que fue el cuarto de estar, la habitación en donde la familia hacía la vida -«aquí hacemos la vida y el salón queda para cuando vienen las visitas»-; porque en los pisos de la época, en el de mis padres, en todos, había el cuarto de estar y además el salón, que era algo así como el escaparate recién encerado que la familia ofrecía al mundo, a sí misma, a los cuñados y poco más, a nadie (…); porque el salón, que nos civilizaba sólo a medias con su enciclopedia comprada a plazos y con su simulacro al fin y al cabo inhabitable de bienestar burgués, era el espacio público dónde la casa se estilizaba, donde el hogar se redimía o casi de su hechura tumultuosa y cíngara, el tabernáculo vacío en dónde la clase obrera de aquellos años rendía culto al progreso, la promesa de lo que alguna vez tendríamos, el espejo que nos devolvía, invertida, la imagen de lo que no éramos.”
Los otros relatos se aventuran en otros registros. Salvo “Las otras vidas”, que mantiene un estilo costumbrista, el resto son textos en donde prima el surrealismo y el absurdo. Dentro del primero grupo, están “La máquinas de los teleféricos”, “Belvedere” y “El diapasón de las llanuras tártaras”. Son textos en dónde todo puede pasar y todo pasa, las vinculaciones imposibles se suceden y los acontecimientos se rigen con la lógica de los sueños. Luego hay piezas conformadas por conjuntos de textos más breves, tal el caso de “Migraciones” o “Climas”, composiciones más poéticas, en dónde cabe preguntarse “¿con qué abrochas un día con otro?”. Y finalmente hay otros más matizados como “Días de sol en Metrópolis”, en el que una pareja discute junto a una lata de berberechos mientras el mundo se cae a pedazos bajo el vuelo de un Superman proscripto; o “Mientras dicen adiós”, con un camionero y un falso sonámbulo que parecen por momentos esperar a Godot; o “Un día vendrá”, un hermoso cuento en donde un padre y su hijo comparten la habitación de un hotel y el tiempo está detenido mientras conversan y el padre fuma; las agujas del reloj sólo avanzarán cuando llegue el sueño del pibe.
Para terminar: Los dejo con unos de los textos que integran “Migraciones”.
Te asomo a una ventana, después a otra, las ventanas tienen las hojas abiertas, como los élitros de un escarabajo, no están del todo o exactamente vivas, pero saben curvarse como las palmeras en cuanto dejas de asomarte; y yo sonrío –puede que de lejos-, más contigo y más solo que cualquier otra noche, y llamo a todo esto “la lentitud”.
Los sueños no tienen copyright / Cecilia Pavón
Los
sueños no tienen copyright / Cecilia Pavón
Llegué a este libro de casualidad, resulta que Gaby tuvo la gran idea de regalarme un e’book, lo malo fue que el aparato no terminaba de convencerme porque va un poco lento y muchos libros quedan con el formato descuajeringado. Un día Alejandro me lo pidió para leer un libro de Terranova que se puede descargar gratis de la red y después de leerlo me lo devolvió lleno de un montón de libros. Hasta hace un año para conseguir esos libros viajábamos 14 horas en un avión horrible, caminábamos por la calle Corrientes y encontrábamos de todo, menos lo que buscábamos. Así fue que, un viernes a la noche, sin gastar un céntimo, me encontré con libros de Juan Terranova, J.P. Zooey, Selva Almada, FedericoLevín, Cecilia Eraso, Mercedes Halfon, Diego Carballar, Mario Arteca, Horacio Fibelkorn, Mariano Blatt, Alejandro Soifer, Alfredo Jaramillo, Lucas Oliveira y Mauricio Salvador. Con algunos tuve los problemas propios de mi e’book de Fnac, el menos recomendable de los e’books del mundo, pero el de Cecilia Pavón lo pude leer sin dificultades y con una alegría estimulante.
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Llegué a este libro de casualidad, resulta que Gaby tuvo la gran idea de regalarme un e’book, lo malo fue que el aparato no terminaba de convencerme porque va un poco lento y muchos libros quedan con el formato descuajeringado. Un día Alejandro me lo pidió para leer un libro de Terranova que se puede descargar gratis de la red y después de leerlo me lo devolvió lleno de un montón de libros. Hasta hace un año para conseguir esos libros viajábamos 14 horas en un avión horrible, caminábamos por la calle Corrientes y encontrábamos de todo, menos lo que buscábamos. Así fue que, un viernes a la noche, sin gastar un céntimo, me encontré con libros de Juan Terranova, J.P. Zooey, Selva Almada, FedericoLevín, Cecilia Eraso, Mercedes Halfon, Diego Carballar, Mario Arteca, Horacio Fibelkorn, Mariano Blatt, Alejandro Soifer, Alfredo Jaramillo, Lucas Oliveira y Mauricio Salvador. Con algunos tuve los problemas propios de mi e’book de Fnac, el menos recomendable de los e’books del mundo, pero el de Cecilia Pavón lo pude leer sin dificultades y con una alegría estimulante.
Apenas
lo empecé me di cuenta que ya había leído alguna cosa de ella en su blog OnceSur. Además me acordé que los dos años que viví en el
barrio de Congreso, desde el 2000- hasta el 2002, cuando me vine para acá,
habían sido unos años muy intensos que los pasé con mucho tiempo libre y muy
poco dinero, por tanto mis actividades se centraban en ir a todas las
manifestaciones posibles y al Museo de Bellas Artes. También daba paseos por
Recoleta o por el Once, un día llegué caminando hasta Belleza y Felicidad. Creo
que fue en esa librería-galería donde vi una instalación hecha con varias
esculturas de la Virgen en colores fluorescentes, con los labios pintados de
negro, que bailaban en una discoteca; de lo que sí estoy segura es que ahí me
compré a dos pesos un libro de Roberto Jacoby, que se me perdió como casi todos
los libros que tuve antes del 2002.
Según
se explica en el prólogo del libro, Cecilia Pavón fue una de las impulsoras de
Belleza y Felicidad, y no sé si fue tener esa información lo que me hizo sentir
que con este libro de cuentos viajaba otra vez a aquella sensación de
extrañamiento, incerteza y futuro que sentía a principios de siglo, y que de
alguna manera volvemos a repetir acá en Barcelona por estos días de
electroshock sobre el estado de bienestar.
En sus
cuentos Pavón maneja un equilibrio de bailarina entre la armonía y la
provocación. Es como si enfocara las cosas que vemos todos con un tercer ojo,
libre de otras referencias y al mismo tiempo conectado a su mundo sensible,
compacto y coherente; el laboratorio depurado de la autora. La prosa parece
destilar un olor a nuevo o a limpio, con su luminosidad, sus colores radiantes,
su simpleza para formular ideas retorcidas o extravagantes. Me imagino a la
autora pasando la aspiradora o pulverizando limpiavidrios para lograr esa
superficie brillante y cristalina, el espejo perfecto para que sus ideas insólitas
sobre música, sexo, condición femenina, drogas, capitalismo, dinero, ciudad, arte,
ecología y sociedad bailen una performance terriblemente seductora para
cualquiera que se cruce con la lectura de este libro.
Hablaría
de todos y cada uno de los cuentos, porque no tienen desperdicio, por ejemplo, decir
que el cuento “Monjas, la utopía de un mundo sin hombres” parece jugar con “Cómo me hice monja”, en donde César Aira traiciona las expectativas que genera el título y
Cecilia Pavón las cumple. O que la metamorfosis sensitiva que se produce en las
calles de “Congreso, 1994” entre elementos de la naturaleza y de la ciudad es una
pieza de relojería china.
Sin
embargo prefiero dejarles el relato “S/T”, como una carcajada alucinada y
dolorosa en medio del derrumbe que vive Europa:
“Es
maravilloso gastar dinero cuando lo ganás con facilidad: Como si fuera liviano,
limpio, y como si estuvieras haciéndole un bien al género humano, estos veinte
dólares que ahora salen de tu billetera pondrán en movimiento cientos de
industrias. Desde ahora esa bufanda verde con hilos dorados viaja de la tienda
a tu casa. El dinero hace que las cosas se muevan con magia por la ciudad.
Cosas viajeras en valijas. Lo importante de viajar es traer cosas: los
recuerdos son ilusiones, las cosas, la única verdad que permanece a lo largo de
los años, tiempo y dinero. Cuando te mueras lo harás en tu cama, rodeada de
objetos bellos y significativos, ropa de diseñadores talentosos, o libros de
fotografía con hojas pesadas. La ropa cara es la única que le viene bien al
cuerpo. Los libros de los poetas jóvenes alemanes son hermosos y cuestan
dinero, las copas de cristal, los anillos de falso brillante, el champagne:
¡Ah, el aire en los Alpes es como hecho de champagne! A esta altura, nadie
debería trabajar y todos deberían gastar; ¡ah, los dólares alpinos! Si sacaran
todo el dinero de los bancos suizos se formarían montañas de francos suizos.
Quisiera
tener una habitación llena de euros, desde el piso hasta el techo, entrar en la
madrugada, cuando está todo oscuro y pisarlos; tomaría un puñado sin mirar la
cantidad y los podría en los bolsillos de los invitados, dormiría sobre los
euros como si durmiera sobre el heno de un establo. Protegida por la comunidad
europea y sus monumentos”.
Vida: Keith Richards
Cómo llega- Me lo regala Mónica para un cumpleaños, hace año y medio, junto a una botella de Glen Ness de 12 años. Quién sabe porqué tardamos tanto en agarrar ciertos libros. A éste empecé a leerlo hace un mes. Tiene 504 páginas. No es portátil, hay que leerlo en casa. Pero en un patio o en un balcón. Hay lecturas para el calor y lecturas para el frío.
De qué va- El trabajo de James Fox, el periodista encargado de escribirlo, es buenísimo. Trabajaron en estas memorias durante cinco años. Fueron un número indeterminado de charlas sujetas a los caprichos de Richards, en los días y a las horas que se le antojara, sin orden cronológico y con música a buen volumen. El resto salió de cartas, diarios y de los testimonios de otros compañeros de ruta. No participan los personajes peor tratados: Jagger, Anita Pallenberg, Mick Taylor, Bill Wyman. Ni tampoco cuenta con el testimonio directo del resto de los Rollings Stone. “Lo intenté -dice Fox-, pero hay una especie de tradición entre ellos de no contar nada en los libros de los demás”. Su talento, en cualquier caso, consiste en darle consistencia a una historia dispersa y conservar la calidez de la voz de Richards, mérito que comparte con Helena Álvarez de la Miyar, la traductora de la edición española. Los pasajes más conmovedores corresponden al Richards desconocido. El período de aprendizaje del blues, la primera visita a Estados Unidos, el desconcierto al encontrarse a su ídolo Muddy Waters pintando las paredes de su discográfica. Gran parte de esa inocencia se pierde cuando comienza a emerger la estrella de rock y los puteríos están a la orden del día. Brian Jones se vuelve un lastre. Jagger quiere adueñarse del grupo y Richards se burla de sus pretensiones discotequeras. Hay cuernos cruzados por cada banda. Cocaína farmacéutica Merck, diez años de heroína y un largo etcétera. Pero el libro engancha y mantiene el equilibrio: se narran las hazañas de Richards, incluidas las cagadas, y también examina el proceso de creación, la intimidad del trabajo grupal y su pasión por la música.
Memoria- Promediando las últimas 50 páginas del libro me llama mi amigo Fito. Charlamos, le recomiendo la lectura de la biografía y le comento el asombro que provoca la memoria del viejo: después de meterse tanta cosa es por lo menos llamativo que haya conservado tal cantidad de anécdotas y detalles. Fito también se asombra. Un día antes, me cuenta, lo había visto en una entrevista declarando que se estaba olvidando algunas viejas canciones de los Stone. A mitad de tema, no se sabía el estribillo. Pero son muchos años de ruta, arguye Richards, los dedos están automatizados y van solos. Tiene que poner la mente en blanco y dejarlos actuar. Recibir la noticia fue un descoloque. El futuro en general parece un descoloque. Y esto de cumplir años tendrá sus consecuencias, ¿no?


