Editorial Páginas de Espuma
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Cómo llega: No hubo ninguna recomendación. Había leído otro título suyo, “La práctica del relato”, un libro tallerístico, atinado y agradable de leer. Bastante tiempo después me crucé con una entrevista suya en donde se reconocía como un surrealista militante y utilizaba no pocas veces la lente del marxismo para pensar la literatura en España. Una cosa rara por entonces. La entrevista era del 2006, el año en el que se editó “La vida ausente”; todavía no había explotado la burbuja inmobiliaria. Ángel Zapata rescataba la literatura de Aldo Pellegrini, otro militante del surrealismo, y decía cosas como éstas: “Le concedo valor no exactamente a la tradición literaria, sino a algunas tradiciones del pensamiento, la sensibilidad y la práctica emancipadoras que históricamente se expresaron como “literatura”… Y también —desde luego— a algunas otras tradiciones en la misma línea, que se expresaron por vías diferentes. En esta dirección, no deja de ser significativo el borrado y hasta la forclusión de numerosos legados por parte del capitalismo, como es el caso de la tradición de la lucha obrera en nuestro país, a lo largo de los siglos XIX y XX. Esta es una herencia hermosísima que ha desaparecido de nuestro imaginario.”
Para Zapata la literatura es esencialmente colectiva y lo “sobresaliente” en este campo no escapa a esta condición. “Toda esa cháchara sobre la excelencia y el genio –dice- no es en último análisis más que un intento por trasponer al plano del espíritu —por legitimar también ahí— la realidad indecente de unos privilegios de clase. Y lo peor es que es falsa de arriba a abajo. En cada época, de hecho, “lo sobresaliente” sólo es percibido sobre el fondo de otras muchas obras más “discretas” que lo prefiguraban, lo anunciaban, o se diferenciaban radicalmente de ello. En su constitución misma, pues, la figura de lo sobresaliente depende de este fondo para ser percibido y para existir. Y a la inversa: en todo este fondo de obras más “discretas” siempre hallamos momentos francamente sobresalientes… O incluso rasgos que el ideal de excelencia dominante ha opacado, y que otras épocas harán “sobresalir”.
De qué va: Es sobre todo un libro de cuentos, aunque varias de las once piezas que lo componen no sean cuentos propiamente, sino textos fronterizos, situados entre lo poético y lo narrativo. El relato que lo abre es justamente el que le da el título al libro y merece ser subrayado. A partir de lo que podría ser la topografía de la habitación de un adolescente, a fines de los setenta, Zapata logra una condensación de la experiencia colectiva de la clase obrera española. Para muestra un botón: “Aquel cuarto (…) había sido unos años atrás una claudicación de la familia, pues en él había estado, al principio, aquella institución posibilista y espontánea que fue el cuarto de estar, la habitación en donde la familia hacía la vida -«aquí hacemos la vida y el salón queda para cuando vienen las visitas»-; porque en los pisos de la época, en el de mis padres, en todos, había el cuarto de estar y además el salón, que era algo así como el escaparate recién encerado que la familia ofrecía al mundo, a sí misma, a los cuñados y poco más, a nadie (…); porque el salón, que nos civilizaba sólo a medias con su enciclopedia comprada a plazos y con su simulacro al fin y al cabo inhabitable de bienestar burgués, era el espacio público dónde la casa se estilizaba, donde el hogar se redimía o casi de su hechura tumultuosa y cíngara, el tabernáculo vacío en dónde la clase obrera de aquellos años rendía culto al progreso, la promesa de lo que alguna vez tendríamos, el espejo que nos devolvía, invertida, la imagen de lo que no éramos.”
Los otros relatos se aventuran en otros registros. Salvo “Las otras vidas”, que mantiene un estilo costumbrista, el resto son textos en donde prima el surrealismo y el absurdo. Dentro del primero grupo, están “La máquinas de los teleféricos”, “Belvedere” y “El diapasón de las llanuras tártaras”. Son textos en dónde todo puede pasar y todo pasa, las vinculaciones imposibles se suceden y los acontecimientos se rigen con la lógica de los sueños. Luego hay piezas conformadas por conjuntos de textos más breves, tal el caso de “Migraciones” o “Climas”, composiciones más poéticas, en dónde cabe preguntarse “¿con qué abrochas un día con otro?”. Y finalmente hay otros más matizados como “Días de sol en Metrópolis”, en el que una pareja discute junto a una lata de berberechos mientras el mundo se cae a pedazos bajo el vuelo de un Superman proscripto; o “Mientras dicen adiós”, con un camionero y un falso sonámbulo que parecen por momentos esperar a Godot; o “Un día vendrá”, un hermoso cuento en donde un padre y su hijo comparten la habitación de un hotel y el tiempo está detenido mientras conversan y el padre fuma; las agujas del reloj sólo avanzarán cuando llegue el sueño del pibe.
Para terminar: Los dejo con unos de los textos que integran “Migraciones”.
Te asomo a una ventana, después a otra, las ventanas tienen las hojas abiertas, como los élitros de un escarabajo, no están del todo o exactamente vivas, pero saben curvarse como las palmeras en cuanto dejas de asomarte; y yo sonrío –puede que de lejos-, más contigo y más solo que cualquier otra noche, y llamo a todo esto “la lentitud”.
