Aperitivos (Avances de la novela)


—Es correcto, mi amigo. —concedió Dios— Lo que ocurre es que luego de la Creación y sus consecuencias, con la dinámica propia que resulta del paso de los siglos, en conjunción al libre albedrío que solté sobre las razas, mi trabajo se ha vuelto un tanto chato y esto influye sobre mi modo de explicarlo; cuestión de tono, como dicen ustedes… los literatos. Confío en que logrará contarlo con mayor vuelo, al fin y al cabo esa es su tarea y yo no quiero interferir más de lo debido. No sea cosa que después me eche en cara que no le he dejado expresarse con libertad; ya sabemos cómo es la pereza, esa amiga de las excusas nobles.

—Por mí no se preocupe, nunca le tuve miedo al trabajo. ¿Por qué no empezamos del principio otra vez? El Génesis es…

—Discúlpeme, Faulkner, pero yo no estoy para avivar nostalgias, en la actualidad necesito restablecer mi imagen, que anda medio perjudicada por asuntos que no vienen al caso. Incluso ahora no me serviría de nada hacer otra versión de los Testamentos, por más buenos que hayan salido.

—Por eso le digo, yo creo que si usted me da su venia, y su inspiración, por supuesto, podríamos hacer una operación importante, actualizar su discurso a nuestros días, no quiero ser derrotista, pero creo que la gente ya no lee igual que antes.

—En su momento esta idea de reescritura, que usted quiere venderme como suya, la puso en práctica un mercader iluminado. El bueno de Mahometo era un practicante devoto, yo lo miraba con cariño y cuando lo vi angustiado le mandé a mi ángel para que le refrescara cómo había sido todo desde el principio. Pero como el nabi no sabía escribir, dejó de trabajar con la señora para ponerse a dictarles a unos chicos de ahí, de la loma del desierto. Resultó ser que estos chicos eran unos memoriones portentosos y escribieron con una letra tan perfecta y redonda que medio mundo se aprendió la historia por repetirla palabra por palabra, al ritmo de la lectura cantada. Que conste que en eso sí estoy de acuerdo con usted, cada vez que se hizo fue un éxito, no lo voy a negar. Ya desde el vamos trabajé con un equipo de moishes fantástico. Había de todo: fabulistas, poetas, recopiladores, dramaturgos, ensayistas.

—Pero por eso mismo, corrió mucha agua bajo el puente.

—Si lo sabré yo, que soy el puente, pero déjeme que le continúe la idea que le estaba explicando, para que no se gaste en hacerse el novedoso. Al tiempo, como usted mismo dice, yo también me di cuenta que el latín no lo hablaba ni yo. Entonces, para tenerlo entretenido, porque era un tanto sedicioso, le encargué la traducción a un curita que había en esa época, el Luther, que era bueno en lenguas clásicas y había estudiado hebreo para leerme sin burócratas de por medio.

—Martin Lutero, claro, qué impresionante, ¿vive por acá?

—Debería, pero con él nunca se sabe, es un espíritu libre, ya cuando estaba en tierra le gustaba andar por el barrio. Así fue como metió en la traducción todo el cotorrear de la gente del mercado y los chapurreos de sus monjitas amigas y le salió lo que hoy le dicen idioma alemán puro, que para mí es un engendro salido del hebreo; por eso, entre nosotros, a mí me gusta más el yiddish, que es mil veces más dulce y divertido. Pero tengo que reconocer que con los alemanes tuve bastante suerte en lo que tiene que ver con las criaturas. De clima una merda, eso sí, pero qué ideas que han salido de esta gente, me recuerdan mis mejores tiempos, tan excesivos, tan románticos, tan metódicos. ¿Quiere que le cuente un secreto?


En Campaña - Cap. 17 / Morir Afuera

This entry was posted on sábado, 22 de septiembre de 2012 and is filed under ,. You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0. You can leave a response.

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