El jueves pasado Nahum Caker nos llamó para hablarnos del caso. Quedamos a las
once de la mañana en el bar Electricitat. Parece que el lugar es toda una institución en el barrio de la Barceloneta. Un
auténtico éxito de la tradición marinera, que los viernes, sábados, domingos y
festivos se pone a reventar y la cola llega hasta la calle. De la playa llegan
siempre unos gitanos que animan el ambiente con palmas y guitarras. Los
clientes, incluso los que no se conocen, no tienen ningún problema en compartir
las mesas atiborradas de platitos con ensaladilla de cangrejo, pescaito frito,
queso manchego, gordas olivas y vinos de los barriles que
decoran la pared del fondo del salón.
Llevan décadas atendiendo guiris y vecinos, inmigrantes y nativos. Jamás sirven
medio bocadillo para no desperdiciar el resto de baguette, así que si uno no se
ve con fuerzas de zampárselo entero mejor que no lo pida o, en todo caso, si
quiere, le envuelven la mitad para que se lo meriende luego; que eso sí que lo
hacen encantados, unos paquetes majos que ni la misma Nené de Boquitas Pintadas en sus años mozos. Tampoco hablan inglés
(pa qué?) y, por cierto, no aceptan tarjetas de crédito ni hacen reservas con
antelación.
Coqui, el cantinero, es un doble asumido de Robet De Niro. Él cuenta que
ese es un bulo que empezaron a decir los guiris y que luego la fama se extendió
por Internet. Por eso, cuando levanta las manos entre el gentío puede
escucharse un canto contagioso, brotando de todas las mesas, al grito de
"Robert De Niro, lolololololó, Robert De Niiiiroo" con la emoción
calcada de la canción I love you, baby, de Gloria Gaynor .
Este jueves Coqui estaba relajado, era una mañana tranquila, el aire
acondicionado a todo trapo tiraba una brisa de fábula y, mientras repasaba
vasos y ultimaba detalles para los hambrientos del mediodía, cantaba canciones
con su deliciosa voz de tenor, en todos los idiomas que no habla ni en broma.
Lo suyo es de un bilingüismo arraigado, va del catalán al castellano como un
mago que se quita y se pone los guantes sin que el público advierta en qué
momento se produce el cambio.
En fin, que a De Niro se lo veía de puta madre, entretenido
pero no agitado, atendiendonos sólo a nosotros. Junto con tres cañas nos trajo
pinchos de tortilla de espinaca y pa amb tomaquet, sin consultarnos, con Caker
se entienden con la simple mirada. Si bien hay que decir que la tortilla es
excelente, también es comprometida porque te deja la sonrisa a la miseria, con
los típicos paluegos, eso pedacitos verdes de espinaca que quedan enganchados
entre los dientes. Para más inri es una tortilla bastante antibeso, un
auténtico espanta- vampiros disimulado en una fina delicia para los amantes del
ajo y sus propiedades rejuvenecedoras.
Caker suele llevar a sus clientes al Electricitat cuando su oficina está
ocupada. Pasa que la comparte con un podólogo, detalle que nosotros no sabíamos
y que nos aclaró bastante el hecho de que Caker tuviese un pie de yeso y
esmaltes de colores sobre el escritorio; lo que nos disuadió de cierta imagen
fetichista que nos habíamos hecho en la mente. Se trata de un podólogo muy
exclusivo que atiende en horarios peculiares, lo que a Caker le viene bien
porque no está casi nunca, pero que a veces le rompe los esquemas, lo dijo con
otras palabras, pero nosotros le entendimos igual.
Se disculpó la cara de mal dormido, contó que una mujer lo había contratado
para que investigara quién era el individuo que le orinaba las plantas del
porch, lo que fue sencillísimo -explicó Caker-, bastó una noche de guardia para descubrir que
era ella misma la que se levantaba sonámbula y en camisón para arruinar sus
esfuerzos jardineros de las tardes, cuando llegaba contenta del trabajo para
regar y podar sus dalias.
Terminó la historia ahogado por sus propias risas y le lanzó una mirada a Coqui
para qué nos trajera una segunda ronda de cerveza. Entonces metió la mano en el
bolsillo del bañador (venía de la playa: los pies llenos de arena y el contorno
de los raybans en su piel de camarón lo certificaban) y sacó un mapa de
Cataluña, que extendió bajo nuestras narices y
con su índice mocho y nervioso se puso a repicar una y otra vez sobre un punto
que no alcanzábamos a leer.
-Ripoll- gritó, sacando el dedo para que lo leamos alto y claro, en pequeñas
negritas. -La inolvidable ciudad de Ripoll, la tuvimos siempre en la punta de
la lengua y no caíamos, ¿qué les parece? ¿No es genial?
-Pero eso es una posibilidad entre millones, Ripoll puede estar en Ripoll como
en cualquier otro sitio del mundo. ¿Qué podría estar haciendo ahí?
-Eso es lo que hay que averiguar- contestó realmente animado -Es un pálpito, yo
nunca los dejo pasar, díganle desviación profesional, díganle lo que quieran,
para mí que ahí hay algo, tiene toda la pinta de ser un principio.
- ¿Le parece?
-Claro, yo conocí bien Ripoll, gracias a una clienta, mi paisana y amiga Dora
Diamant. Un asunto bochornoso, todos los meses le dejaban quinientos euros en
su cuenta personal a título del alquiler de una propiedad que ella no tenía.
Resultó ser un acto fallido del marido que confundió los números de cuentas
cuando domicilió el alquiler del piso que pagaba para su amante y la hijita. Al
final Dorita no devolvió ninguno de los importes de los alquileres y le puso
una demanda con la que todavía se está riendo. Me acuerdo de la cena de
celebración: trucha con salsa de nueces, perdiz con coles, flan de champiñones
y un vino blanco Missenyora, 100% macabeo, fermentado en barrica.
-Entonces, ¿cuál sería el plan?
-Ir, por supuesto, investigar, no descansar, el tiempo es oro.
-¿El sábado?
-No, no, en Shabat no trabajo, lo dejamos para el domingo. El martes recibirán un informe. Necesito un adelanto
para viáticos, vamos a ir hasta el final, no podemos desperdiciar ningún
indicio.
Así fue que cerramos el acuerdo con un apretón de manos y cuatro billetes de
veinte que se guardó, atados con una gomita a un montón de papelitos, donde se
reconocía el borde de la tarjeta con su clásico membrete de gorra y pipa. Al
salir Coqui nos despidió con un abrazo a cada uno y a Caker le dio un beso en
la frente, lo que no nos extrañó nada de nada después de pagar.

